La literatura médica y especialista urgen a superar el sesgo de la “falta de voluntad” para enfocar el tratamiento en fenotipos clínicos, determinantes socioeconómicos y alteraciones del sistema de recompensa cerebral.
Equipo de redacción de Noticias Apyt
El panorama de la salud pública en México enfrenta una proyección epidemiológica crítica. De acuerdo con estimaciones del Atlas Mundial de la Obesidad, para el año 2035, cerca del 47% de la población adulta en el país vivirá con obesidad, posicionando a México entre las naciones con mayor prevalencia de esta condición a nivel global. El escenario actual ya refleja una problemática profunda: los registros de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) Continua 2020-2023, elaborada por el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), indican que el 37.1% de los adultos padece obesidad. Al integrar la prevalencia de sobrepeso, la cifra asciende a más del 75% de la población mayor de 20 años con exceso de peso.
Frente a la magnitud de estos datos, la comunidad médica especializada coincide en la necesidad de desmantelar la narrativa simplista que atribuye la enfermedad a una mera “falta de voluntad”. La evidencia científica actual define a la obesidad como una patología crónica y compleja, originada por la interacción de variables biológicas, ambientales, socioeconómicas y, de manera crucial, determinantes de la salud mental.
Las cuatro dimensiones del origen de la obesidad
Para comprender la etiología del padecimiento en cada individuo, el Dr. Arya Sharma, profesor emérito y exdirector del Departamento de Investigación y Tratamiento de la Obesidad en la Universidad de Alberta, ha delimitado cuatro dimensiones clave:
Dimensión Mecánica: Se manifiesta en alteraciones físicas como osteoartritis, dolores articulares o apnea obstructiva del sueño, factores que limitan de forma directa la movilidad y la capacidad de realizar actividad física.
Dimensión Metabólica: Involucra comorbilidades como la prediabetes y la hipertensión arterial, así como fluctuaciones endocrinas asociadas al envejecimiento o la menopausia, las cuales modifican el gasto energético y el procesamiento metabólico.
Dimensión Socioeconómica: Comprende las barreras del entorno, la falta de recursos y el acceso limitado a servicios de salud o tratamientos estructurados de calidad.
Dimensión Mental: Considerada uno de los pilares más complejos de abordar, abarca trastornos como la ansiedad, la depresión y el trastorno por atracón, además de la respuesta fisiológica a factores estresores cotidianos o procesos de duelo.
La neurobiología del “Comedor Emocional” y el sistema de recompensa
La dimensión mental se entrelaza de manera directa con el fenómeno del “hambre emocional” —el impulso de ingerir alimentos para regular estados afectivos y no por una necesidad fisiológica de energía.
Al respecto, la Dra. Emma Chávez Manzanera, especialista en endocrinología, enfatiza la diferencia fundamental entre el hambre real y el apetito o motivación hedónica:
“Este impulso se enciende cuando buscamos un ‘apapacho’ y explica por qué vinculamos la comida con momentos sociales y culturales positivos, como las reuniones familiares. Sin embargo, también se activa cuando una persona experimenta tristeza, ansiedad o estrés. El resultado es la urgencia por buscar comida altamente calórica para intentar aliviar el malestar, consolidando así el ciclo del hambre emocional”.
Desde la perspectiva neuropsiquiátrica, la exposición repetida a dietas hipercalóricas como mecanismo de compensación altera las vías neurobiológicas centralizadas en el sistema de recompensa, mediado por neurotransmisores como la dopamina y la serotonina.
El Dr. Héctor Esquivias, especialista en Psiquiatría y Obesidad, profundiza en el impacto fisiológico de esta conducta:
“La exposición repetida a los alimentos termina por ‘adormecer’ estos receptores del placer, provocando que la persona disfrute cada vez menos de la comida y coma con mayor frecuencia para intentar alcanzar esa misma sensación de bienestar inicial. Y, lo que socialmente se juzga como ‘falta de voluntad’ es, en realidad, una alteración neurobiológica”.
Fenotipificación y el abordaje en la práctica clínica
Las guías de práctica clínica contemporáneas proponen abandonar los esquemas genéricos de tratamiento y transitar hacia la clasificación por “fenotipos”, lo que permite identificar el mecanismo dominante en cada paciente:
Cerebro Hambriento: Caracterizado por una señalización defectuosa de la saciedad durante la ingesta, lo que induce al consumo de porciones de gran volumen.
Intestino Hambriento: Asociado a un vaciamiento gástrico acelerado; el paciente experimenta saciedad inmediata, pero presenta hambre real a las pocas horas de comer.
Comedor Emocional: Aquel que utiliza la ingesta alimentaria como mecanismo inconsciente de afrontamiento ante estados de estrés, ansiedad o fatiga.
Bajo Gasto Energético: Definido por un metabolismo basal disminuido que dificulta la pérdida de peso a pesar de la restricción calórica estricta.
Debido a que un porcentaje significativo de pacientes presenta una combinación de estos fenotipos, el consenso médico urge a implementar un protocolo de consulta de cinco etapas: solicitar autorización previa para abordar el peso de manera respetuosa, identificar causas biográficas y barreras, exponer las alternativas terapéuticas, acordar metas realistas y garantizar un seguimiento médico continuo.
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