
Flores de cempasúchil, alimentos, bebidas, veladoras, bolsas, botellas, envolturas, vajillas desechables y decoraciones forman parte del paisaje de Día de Muertos. Durante tres días, millones de personas participan en una de las celebraciones más importantes del país. Pero, ¿qué pasa con todos los materiales utilizados después del 2 de noviembre?
Durante las festividades de Día de Muertos de 2025, la Secretaría de Turismo federal estimó que más de 1 millón 608 mil turistas se hospedarían en hoteles de México entre el 27 de octubre y el 2 de noviembre, cifra 2.3% superior a la registrada un año antes. De ellos, 73% serían turistas nacionales y 27% internacionales.
Sólo en la Ciudad de México, el gobierno capitalino programó cerca de 500 actividades durante la temporada de 2025. Para 414 eventos desarrollados en espacios públicos se esperaba una asistencia conjunta de aproximadamente 5 millones de personas.
La flor de cempasúchil ofrece otro indicador de la escala material de la celebración. En 2025, productores de la Ciudad de México alcanzaron una producción récord de 6.3 millones de plantas, de acuerdo con el Gobierno capitalino. A nivel nacional, los últimos datos consolidados publicados por la Secretaría de Agricultura reportaron una producción de 20,659 toneladas de cempasúchil, además de más de 3.1 millones de plantas y 510 mil manojos en sus distintas modalidades de comercialización.
Pero flores y alimentos representan solamente una parte de los materiales que circulan durante estas fechas. “El Día de Muertos nos permite ver en unos cuantos días algo que ocurre durante todo el año: utilizamos productos durante minutos, horas o algunos días, pero sus materiales pueden permanecer mucho más tiempo. La pregunta que tenemos que incorporar desde el diseño es muy sencilla: ¿qué queremos que ocurra con ese producto cuando deje de ser útil?”, señala Ignacio Parada, fundador y CEO de Bioelements.
De la ofrenda a la sustentabilidad
De acuerdo con Semarnat, alrededor de 40% de los residuos sólidos urbanos del país corresponde a residuos orgánicos, mientras que más de 36% está integrado por materiales potencialmente aprovechables.
La experiencia con el cempasúchil es una muestra. Después de Día de Muertos de 2025, la Secretaría del Medio Ambiente de la Ciudad de México habilitó centros de acopio para recibir flores, pétalos y tallos con el objetivo de evitar que se convirtieran directamente en residuos y facilitar su aprovechamiento.
“Una flor y un empaque no tienen el mismo final de vida y no deberíamos tratarlos como si lo tuvieran. El residuo orgánico puede tener una ruta de aprovechamiento, mientras que un envase puede requerir reciclaje, compostaje u otra alternativa dependiendo de cómo fue diseñado. El primer error es pensar que todos los materiales pueden resolverse de la misma manera”, explica Parada.
El problema no termina al cambiar de material
Durante fechas de alto consumo, las alternativas a productos convencionales también se multiplican. Aparecen bolsas identificadas como biodegradables, vasos compostables, envases reciclables y productos fabricados con materias primas biobasadas.
Sin embargo, esos términos no significan lo mismo. Un producto reciclable requiere una cadena que permita recuperarlo, clasificarlo y transformarlo. Uno compostable necesita condiciones específicas para desintegrarse y convertirse en composta. Un material biobasado hace referencia al origen de parte o de la totalidad de sus materias primas, pero eso no determina por sí mismo qué ocurrirá con él al terminar su vida útil. Y que un material sea biodegradable tampoco significa que desaparecerá automáticamente en cualquier ambiente.
Para Parada, esta diferencia debería formar parte de las decisiones de diseño, compra y gestión de residuos. “Sustituir un material por otro sin preguntarnos qué infraestructura existe para manejarlo después puede simplemente mover el problema de lugar. Tenemos que pasar de escoger materiales únicamente por su origen o por una etiqueta, a diseñarlos de acuerdo con su uso y con el sistema al que llegarán cuando terminen su función”, señala.
La propia Semarnat reconoció este año las dificultades que genera la diversidad de materiales plásticos. En agosto de 2026 presentó su Catálogo de Identificación de Residuos Plásticos, al señalar que la variedad de clasificaciones y características puede dificultar su identificación y disminuir sus posibilidades de reciclaje.
El desafío de Día de Muertos no está en reducir una tradición a la cantidad de residuos que produce, sino en reconocer que las celebraciones masivas son también sistemas temporales de consumo.
“Durante años hemos diseñado pensando principalmente en cómo fabricar, transportar y usar un producto. El siguiente paso es incorporar una cuarta pregunta con el mismo nivel de importancia: cómo queremos que termine. Si desde el principio sabemos que un producto tendrá una vida útil de unas horas o unos días, su final de vida no debería ser una consideración secundaria”, afirma Parada.









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