En México, la contradicción es tan evidente como dolorosa: mientras 28 millones de toneladas de alimentos se desperdician cada año, uno de cada tres mexicanos enfrenta inseguridad alimentaria. La falla no está en la producción, sino en la falta de conexión entre los excedentes y quienes más los necesitan.
El impacto no solo es social, también ambiental: toneladas de residuos y emisiones innecesarias que profundizan la crisis climática. Frente a este panorama, iniciativas como 123IAP (Unidos Distribuimos y Transformamos) se convierten en un puente vital. Fundada en 2016 en la Central de Abasto de la Ciudad de México, la organización rescata frutas y verduras descartadas por razones estéticas o logísticas, las clasifica y distribuye en comunidades vulnerables.
“El problema no es la falta de alimentos, sino la falta de conexión entre donde sobran y donde hacen falta”, afirma Cristina Vázquez, Gerente de Alianzas Estratégicas de 123IAP. Su modelo integral no solo redistribuye alimentos, también impulsa educación nutricional para transformar el acceso en bienestar sostenible.

En 2025, la organización impactó a 5 mil personas con más de 28 mil paquetes alimentarios, de los cuales el 80% fueron frutas y verduras frescas. La clave ha sido la construcción de alianzas con productores, comerciantes y marcas como Lala, Peñaranda, BelAara y Estado Natural.
La paradoja del desperdicio exige conciencia colectiva: lo que hoy se pierde podría ser parte de la solución si se construyen los puentes adecuados. Convertir esa posibilidad en práctica constante es uno de los retos más urgentes del sistema alimentario mexicano.








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